Hacer sombra (On shadowboxing)
Empecé a (re) interesarme en las artes marciales gracias a la novela (y película homónima) Fight Club. De niño vi la película y confieso que no le entendí. Pensaba que se trataba de un verdadero club de pelea.Después me di cuenta de que tenía que ver con la masculinidad y el rechazo al consumismo, entre otras cosas. Pero también se trataba de pelear. Los hombres de la novela desahogan sus penas a través de un sencillo ritual: el combate mano a mano (con una serie de reglas) practicado en algún estacionamiento atrás de un bar o en un sótano olvidado, para intentar buscar una justificación a sus vidas sin sentido.
—Quiero en El Club de la Pelea a los más fuertes y listos de la zona. Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropa. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una Gran Guerra. Ni una Gran Depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual. Nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos. Lo que hace que estemos muy encabronados.
Los hombres somos violentos por naturaleza y ningún ejemplo como cuando un hombre se mete en un altercado físico con otro hombre por alguna banalidad urbana (como el tráfico o algún accidente vial generando una sorprendente furia entre individuos, en inglés se conoce como Road Rage). W.C. Heinz lo expresa así en su famosa novela de boxeo (El Profesional) haciendo alusión a estos encuentros y preguntándose que haría un boxeador en una situación similar:
—Nada. El resto de nosotros tenemos que probar nuestra masculinidad, o algo, al encarar a otro hombre. Un peleador nunca tiene ese deseo porque se deshace de él en su trabajo. Por eso digo, que cuando todo lo demás sea igual, los peleadores son los hombres mejor ajustados del mundo.
Fight Club tuvo un impacto global, y no tardaron en surgir Clubes de Pelea en los sótanos de Iglesias Mormonas en Salt Lake City o en los barrios bajos del Bronx, por mencionar algunos en Estados Unidos. También surgieron en Moscú, en Ciudad de México y en todo Sudamérica. En el documental Uppercut, se registra la historia de un Club de Pelea en Sillicon Valley con gente que trabaja de día en Google, Yahoo y Facebook de noche organizan un Club de Pelea para geeks. Si esto no es el mejor ejemplo de ironía en la contracultura en el mundo, no se cual lo es. Uno de sus integrantes dice:
—Yo diría que utilizo las peleas del club como remedio a la existencia tras el cubículo. Obtengo la mayoría de mis lesiones serias…dolores de espalda, dolores de muñecas, dolores de cuello, dolores de cabezas… por estar sentado en un escritorio. Prefiero tener una mejor historia.
Ya somos dos, hermano…ya somos dos. ¿Superación personal o destrucción personal?, me pregunto.
De niño me metieron al karate con mi mejor amigo (Yayis), como todos los niños de aquella época a finales de los noventa lo hacían. El entrenador se llamaba Ramiro y había estado en las Olimpiadas. Creo. Llegamos hasta la cinta amarilla. También nos gustaba la Lucha Libre, sobre todo si peleaba Máscara Sagrada, Octagón o Blue Demon, pero nuestro personaje favorito sin duda era El Santo y por supuesto El Hijo del Santo. Vimos todas sus películas incluyendo una en donde peleaba en contra de las momias de Guanajuato. Peliculón.
Pero Yayis y yo preferíamos el fútbol. Era más fácil para nosotros patear una pelota que las tablas de madera, y preferíamos los golpes en las espinilleras en vez de los que nos daban los entrenadores si no nos sentábamos derechos durante las prácticas. A pesar de su popularidad parece que el karate realmente no sirve mucho como arte marcial (la mejor disciplina son las artes marciales mixtas que incluyen una serie de estilos diferentes desde boxeo tradicional hasta jiu-jitsu brasileño, una mezcla de golpes (striking) y agarres (grappling)), pero sin duda creo que ayuda a formar disciplina y metodología; quizá hasta cierto grado de espiritualidad meditativa.
Todo esto me recordó una historia de mi adolescencia: mi primera (y única) pelea. Aunque más que una pelea bidireccional, fue el primer golpe que recibí en mi vida y todo pasó durante un festival que se celebra en el pueblo de Tapalpa cada año, el Festival de las Flores. Fue hace quince años, quizá mas. Yo habré tenido unos 13 años tal vez. Durante las fechas del aniversario de la Independencia de México, los locales decoran camionetas y se suben grupos de hombres a cada una con cuerpos pintados y máscaras del horror. Desfilan por la plaza central frente al quiosco y la gente que los admira se acerca a ellos y les tiran flores y plantas.
(*Si suena difícil de imaginar ver: https://revistalechuga.wordpress.com/2018/09/18/desfile-fiesta-y-una-guerra-de-flores-en-tapalpa/)
El detalle es que un borracho (hay una cantidad increíble de alcohol e incluso es la única fecha en la que se puede beber en la calle sin ser arrestado) tiró una botella y piedras a las camionetas, enfureciendo a los conductores disfrazados. Yo estaba muy divertido tirándoles flores a una distancia de un par de metros, pero jamás tiré algún otro objeto dañino. Los tripulantes llevaban máscaras que sin duda dificultaban su visión por lo que tampoco supieron quien había sido el culpable. Se bajaron de las camionetas y recuerdo que sólo vi a un hombre literalmente volar y darme un puñetazo en la cara. No tuve tiempo de siquiera parpadear. Yayis esquivó a otro hombre que intentó golpearlo y perdió su gorra en el tumulto. Ambos salimos corriendo y nos perdimos en la muchedumbre. Jamás había corrido tan rápido en mi vida. Nos separamos y nos volvimos a encontrar en la casa, horas después. Ni siquiera me dolía la cara y me costó trabajo descifrar lo que había pasado. Regresé a Guadalajara con un labio hinchado y sangrando en el camino; pero acepto que pocas veces me he sentido sentido tan vivo (y asustado) como aquella tarde.
Después leí otro libro titulado Professor in the Cage, qué es la versión en vida real de Fight Club. La jaula es a las artes marciales mixtas lo mismo que el ring es al box: el coliseo. En el libro, un maestro universitario de literatura tiene una crisis de la mediana edad a los 40. Se da cuenta de su mediocridad y de que no ha hecho nada con su carrera profesional; se asoma por una de las ventanas de su pequeña oficina y ve que están poniendo un gimnasio de artes marciales frente a la universidad. Decide que va a entrenar con hombres de la mitad de su edad por un año y pelear una sola vez en un torneo de artes marciales mixtas. Y escribir sobre todo el proceso, lo que resulta en un sorprendente estudio antropológico de masculinidad y violencia. Puse especial atención en el capítulo dedicado a las lesiones neurológicas asociadas al boxeo y las artes marciales en donde se repiten los términos “deterioro cognitivo”, “encefalopatía traumática crónica”, “contusiones”, “hemorragia intracerebral” “hemorragia subaracnoidea” y “cuadriplejia”. Quizá por esto preferimos ver al El Canelo agarrarse a madrazos desde la comodidad de nuestro hogar, sentados en un sofá frente a un televisor de pantalla plana de 42 pulgadas, pidiendo comida rápida con un solo click desde nuestro celular…el mayor esfuerzo consiste en deslizarnos hacia el refrigerador por una chela helada y encontrar espacio en el estómago para mas nachos con queso derretido y jalapeños. De nuevo me pregunto, ¿superación personal o destrucción personal?
Ambos libros cambiaron mi vida durante la cuarentena (y me llevaron a otros recursos literarios incluyendo la obra de Jack Donovan y releyendo a los grandes “hombres masculinos de la literatura” como Ernest Hemingway, Hunter S. Thompson y Antoine de Saint-Exupéry). Al terminarlos me quedé pensando:
¿Podría yo hacer algo similar? ¿Entrenar un año para pelear una sola vez? Probablemente no. Aunque el autor lo hizo a los 40 años y yo tengo 36, y Jack Donovan empezó a boxear a los 38. A mi me duele el cuello, las cervicales, la rodilla derecha y el cóccix sin haber participado en ninguna pelea jamás. Tampoco tenía uno de los requisitos más importantes para hacer un buen boxeador: haber crecido una pobreza y literalmente tener que pelear para sobrevivir. La mayoría de los boxeadores que hicieron historia en Estados Unidos venían de clase baja y frecuentemente eran negros o mexicanos intentando escapar un mundo de pobreza y violencia. Yo estaba tratando de escapar mi vida privilegiada de clase media y demostrarle algo a un enemigo innombrable y amorfo.
¿Pero qué tal una sesión de sparring (sesión de práctica)? Por lo que he leído hay tres clases de estos combates de práctica. Una en la que los dos contrincantes entran con todo, a matar. Una en la que los dos entran titubeando, con miedo. Y una combinación de estas anteriores. ¿Me sentiría satisfecho peleando sin saber qué tipo de peleador era yo? ¿Qué tipo de peleador era mi contrincante? ¿Podría lastimarlo? ¿Podría acabar con él? O sería yo el lastimado y acabado. Tal vez…aunque el profesor en la jaula dice que la verdadera valentía es entrar al ring, sin importar quien gane el combate.
Dice Joyce Carol Oates en su grandioso ensayo, Del boxeo (On boxing):
—Si el cuadrilátero de boxeo es un altar, no lo es tan sólo para el sacrificio sino también para la consagración y la redención. A veces.
¿Estaba yo buscando esto? ¿Estaba dispuesto a realizar este sacrificio, por una consagración y redención imaginaria en contra de ese enemigo en el ring que posiblemente nunca vencería jamás? No lo se.
Parece importantísimo que cualquier boxeador o peleador tenga la disciplina de hacer sombra (shadowboxing). El hacer sombra es golpear al aire, generalmente sin un oponente (o un oponente imaginario), como forma de ejercicio y hasta de meditación. El nombre proviene de la práctica de pararse cerca de una pared o un muro y pretender golpear la sombra que se proyecta; mejorando coordinación e identificando errores de postura y tono. Todo esto en un esfuerzo para estar listo en contra del enemigo cuando finalmente esté frente a ti.
Hace unos días estaba haciendo sombra, boxeando en contra del espejo una noche y de repente mientras le tiraba a mi oponente un 1-1-2-1 (jab-jab-cross-jab) finalmente me di cuenta, como un relámpago:
Aquel contrincante imaginario no existía.
Fight Club realmente era una sátira. Un cuento con moraleja como las de Esopo; no un manual de instrucciones.
El único oponente.
El único contrario.
El único enemigo en aquel espejo.
En aquella batalla en búsqueda de la masculinidad y las virtudes tácticas de fuerza, dominio, coraje y honor.
En aquella persecución de una violencia controlada.
El único adversario en aquella pelea de sombras.
Era yo.
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27.11.21