Los checadores
La escena fue gloriosa. Los hombres, hombres encapuchados, con las caras pintadas y escondidos detrás de un paliacate llegaron al pasillo en la entrada-salida del edificio y reventaron las máquinas usando vigas de acero oxidado, palos, bats y cualquier otra cosa que pudieron encontrar en su camino. Eran tres o cuatro, pero el juego de sombras era tal que se movían en la obscuridad como si fueran diez o quince. Fantasmas sin nombre, forjados en sudor y fuego. Uno de ellos, el que se ocultaba tras la cara blanca, parecía salido del horror mismo.
Se escuchó un estruendo y salieron chispas, mientras aquellas sombras espectrales destruían todas aquellas máquinas. Uno de ellos sacó una lata de pintura en spray y grafiteó una de las paredes:
NO mÀS OPrESiÖN.
(Esto fue idea de ellos, yo no se los pedí. Excelente servicio al cliente. Un trabajo extra, personalizado. Sorpresivo. Explosivo.)
Uno de ellos empezó a golpear una de las máquinas con sus manos desnudas, una y otra vez, una y otra vez como si se tratara de un costal de pelea. Después me di cuenta que llevaba bóxers metálicos, de esas manoplas de hierro que utilizan los cholos en las pandillas, los hooligans y las barras en los juegos de fútbol.
Otro de ellos miró a la cámara. Traía puesto unos jeans rotos, no llevaba camisa y se veían varios tatuajes en su pecho, en el cuello y en los brazos. Pero sólo se alcanzaba a entender uno que decía con letras agudas y muy estilizadas:
-Mi Barrio-
Éste mismo hombre sostenía una antorcha con un palo de madera y estopas en una de sus manos y se quedó viendo hacia la cámara unos instantes antes de destruirla, esa cámara de seguridad que aludía al Gran Hermano Orwelliano. El ojo que todo lo ve. Los ojos del Dr.TJ Eckleburg Fitzgeraldiano.
Caos. Total.
Por unos minutos y después…
Silencio.
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Al día siguiente llegué temprano.
—¿Qué pasó aquí?— pregunté casualmente al policía de seguridad privada (Empresa Centurión) que estaba a la entrada del edificio.
—Unos maleantes llegaron por la tarde y destruyeron todo, señor— dijo el poli. Si, maleantes, así dijo el cretino.
—¿Qué se llevaron?—pregunté tranquilamente.
—Nada, señor. El dinero aquí está. Al igual que las computadoras y los muebles. No tocaron los archiveros. No se llevaron nada los hijos de la chingada. Sólo destruyeron las máquinas de los checadores. Todas. No entiendo ¿por qué lo harían?— dijo confundido.
Pero yo sí entendía. Música para mis oídos. Sinfonía. La quinta de Beethoven. Unísono. El perfume más dulce. Un orgasmo. El huapango de Moncayo.
Esos malditos checadores. Para entrar al edificio tenías que poner tu huella digital y enseñar tu gafete en una máquina que registraba tus entradas y salidas. Un minuto tarde equivalía a un descuento del cheque quincenal. Sin excusas. No pasó el camión, se me ponchó la llanta, hubo un accidente, choqué, me asaltaron. Sin excusas. Para ellos éramos un número más. Yo por ejemplo no era mi nombre. Era el 2021123. El año en el que entré y el lugar que ocupo dentro del hormiguero. Dentro del panal. Dentro de la estructura. Un prisionero. Algunas prisiones son mentales. Otras son de concreto.
Alguien consiguió el video de seguridad y lo subió a redes. Se hizo viral por un par de horas hasta que lo tumbaron por “incitar a la anarquía”.
¿Podrían rehacer los checadores? Claro; seguramente lo harían. Pero el mensaje era claro: no más opresión por su sistema de mierda, su esclavitud. Ocho horas viendo una computadora. Clic, clic, clic. Hora tras hora. Media hora para comer. Comida asquerosa, casi podrida. Codificar, verificar, subir, bajar archivos. Todo el día sentado. Para la papa. Para perseguir la chuleta. Para la zanahoria del palo. No más. Aunque fuera unos días, me había liberado de esa presión constante. Y sólo me había costado mil pesos y un viaje a los barrios bajos de la ciudad, a la colonia Jalisco (también apodada LaCralisco). Mejor inversión no pude haber hecho con mi quincena. No más checadores y no más opresión. Aunque fuera un solo día.
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Este relato es ficción pero está basado en un evento similar que ocurrió en un centro universitario de la ciudad dedicado al arte, a la arquitectura y al diseño. Pero no fueron pandilleros ni maleantes quienes destruyeron las máquinas que checaban la entrada y la salida del personal, sino los propios maestros de la universidad.
No más opresión.
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22.03.22