Viviendo en el hospital
Vivir en el Hospital Civil de Guadalajara Fray Antonio Alcalde ha sido uno de los más grandes privilegios que he tenido en mi vida. Sin duda han sido los años más difíciles, pero a la vez los que más enseñanza me han dejado en mi formación personal y profesional. El siguiente relato ilustra algunas de mis vivencias en este nosocomio que se ha convertido en mi segunda casa; el Benemérito Hospital Civil de Guadalajara.
Mi primer acercamiento al Hospital Civil de Guadalajara Fray Antonio Alcalde (HCFAA) fue durante el cuarto semestre de la carrera de medicina en la clase de semiología y propedéutica médica. Tuve la fortuna de contar con un gran maestro, el Dr. Eduardo Caballero Naranjo, quien nos daba clases todos los días en la facultad, aún cuando la clase oficialmente sólo eran cuatro días a la semana. Una vez por semana nos llevaba a hacer historias clínicas al hospital vecino. Sus enseñanzas de cómo ser buen médico me acompañan hasta hoy.
Recuerdo bien la primera vez que llegué al hospital, ataviado de blanco (exceptuando la corbata) con zapatos impecablemente lustrados (un fenómeno que rara vez se repetiría después). Mis batas tenían el escudo del HCFAA, y la camisa se me hacía chica para sacar orgullosamente el pecho en señal de que según yo ya era médico. Por desgracia no podía estar más equivocado de mi falta de experiencia y de conocimiento. Un par de veces en el pasado había estado en la rampa de urgencias afuera del Centro Médico Nacional de Occidente del IMSS, pero esta era la primera vez que asistía a un hospital público. Desde aquel cuarto semestre yo me considero orgullosamente hijo del fraile.
Caminar por primera vez a través de los pabellones, tres de mujeres a la derecha y tres de hombres a la izquierda en la sala principal, era como adentrarse en una novela de Ernest Hemingway durante la Primera Guerra Mundial, pero en pleno siglo XXI. Las camas estaban una tras otra, sin espacios libres, a veces ni siquiera una cortina separaba a los enfermos. Los familiares de los pacientes dormían arriba de pedazos de cajas de cartón bajo la cama de su familiar, y si tenían suerte con alguna cobija para protegerse del frío. Entrar al hospital era como entrar a un túnel del tiempo.
El nosocomio despedía un olor muy característico, difícil de describir con palabras, una mezcla de torundas con alcohol y sudor humano. Algunos decían que olía a humanidad. Recuerdo que al principio el olor me dio una ligera sensación de nausea y el abdomen se me contraía como una forma somática de estrés. Semejante reacción visceral resultó ser mínima en comparación con el olor de un derrame pleural por microorganismos anaerobios en la adjunta sala de Juan Valdez; la putrefacción encarnada se adhirió a mi nervio olfatorio y jamás se fue del todo.
El maestro Caballero siempre exigía una metodología precisa y una revisión sistemática del enfermo. No importaba que no supiéramos nada de medicina, el objetivo era hacerlo siguiendo un estricto orden, en afán de generar confianza hacia nosotros mismos y al paciente en turno. Siempre debíamos comenzar a la derecha del paciente y saludar al enfermo que ahí yacía; no recuerdo una sola vez que uno de ellos se haya negado a ser examinado (aunque fueran varias veces en un día), por nuestras torpes manos y fríos, pero relucientes estetoscopios Littmann. Recuerdo a algunos de mis primeros encuentros con pacientes internados en nosocomio, lamentablemente olvidé sus nombres, pero recuerdo sus caras y sus dolencias. Sus historias están vivas en mis recuerdos, aún cuando todo esto haya pasado hace más de dos décadas.
El maestro Caballero nos obligaba a saludar a todos los enfermos de mano mientras nos presentábamos, de alguna manera intentando esconder nuestra torpeza y falta de experiencia. Para mi esto resultaba fácil, hasta que llegué al pabellón de ortopedia en dónde conocí a una joven que al acercarme a ella, quedé muy desconcertado. Regresé con el maestro y le comenté mi inquietud: ¿Cómo debía saludarla si no tenía brazo? La joven había sufrido una amputación traumática de su mano derecha por un accidente en una máquina de tortillas. A pesar de esta vergonzosa (pero real) historia, recuerdo la sonrisa de esta joven, nunca la vi triste o infeliz a pesar de que a su corta edad de dieciséis o diecisiete años carecía de una extremidad superior y le esperaba una vida de discapacidad.
Recuerdo a otro paciente en el servicio de cirugía general, un paciente añoso, muy moreno, con una piel casi negra, pero con los ojos ardientes de color amarillo. Venía referido de un hospital de Puerto Vallarta, tenía un tumor en la cabeza del páncreas causando ictericia obstructiva y estaba programado para una cirugía de Whipple. Si cierro los ojos aún puedo ver su cara, su piel de color ébano, afelpada al tacto y la sorpresa que me llevé cuando discretamente me acerqué a él y vi esos ojos abrazados que hacían un gran contraste con lo obscuro de su piel. No tenía familiares, se encontraba abandonado a su suerte en el nosocomio. Su piel seguramente era así gracias a su origen costeño, pero en retrospectiva no descarto que también haya tenido un fenómeno paraneoplásico conocido como acantosis nigricans en dónde la piel se endurece y se obscurece secundario a un cáncer diseminado. Un día dejé de verlo en su cama e inmediatamente otro paciente tomó su lugar. Ver una cama vacía era una imagen imposible en aquel lugar. Nunca supe que le pasó a ese paciente.
Mi primera vez en la Unidad de VIH, conocí a un hombre joven con una historia de más de cuarenta parejas sexuales. Mi nerviosismo acerca como evaluar a un paciente con síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) llegaba a tal grado, que recuerdo haber preguntado al Dr.Caballero en nuestra clase si debía saludarlo con guantes o sin ellos. Como estudiantes de medicina sabíamos la composición molecular del virus, algo que habíamos aprendido en microbiología en segundo semestre de la carrera, pero enfrentar por primera vez a un paciente probó ser una experiencia totalmente distinta.
Varios semestres después, llegó la hora de elegir plaza para el internado médico de pregrado, en donde uno hace sus prácticas profesionales y va rotando en diferentes servicios clínicos y quirúrgicos. Cuando me tocó elegir plaza, yo ya sabía en donde tenía que estar, de regreso en el HCFAA. En mi opinión, no había otra opción mejor para mi desarrollo como médico que aquel lugar.
—¡Lo que falta en el Hospital Civil son manos! — decía mi abuela con frecuencia.
La función del médico interno de pregrado (o “el MIP”) era muy versátil: curandero, oyente, saca-muestras, mensajero, secretario, mandadero, saca-chambas y hasta de camillero. Nada como maniobrar una camilla con un paciente, por los pasillos del hospital en la madrugada para fomentar las habilidades visoespaciales del cerebro. También era bien sabido que el MIP que tenía carro siempre salía por comida y “los chescos”, mientras otro MIP lo cubría y hacía sus pendientes. Eran tantas nuestras habilidades que no faltaba el residente de otro servicio que llegaba a comentar con otro residente: “Oye, tengo muchos pendientes en mi piso, ¿me prestas a tu interno?”, como si fuéramos un objeto inanimado. Los compañeros que ya estaban en el servicio social decían con absoluta sabiduría: “lo mejor del internado es que termina”. Durante esta etapa nos pagaban $425 pesos a la quincena. A pesar de ser poco dinero era significativo porque representaba mi primer sueldo como médico.
Empecé el internado en la consulta externa de adultos y uno de mis primeros pacientes fue un agricultor que venía de un pequeño pueblo de Jalisco que había viajado toda la noche en camión para llegar a su cita. Se presentó con chamarra de mezclilla con borrega, sombrero de paja y el resto de sus pertenencias transportadas en una pequeña bolsa de plástico negra. Llegó tosiendo sangre al consultorio, o mejor dicho tosiendo el pulmón. Había leído en los textos de Medicina Interna la definición de hemoptisis masiva pero jamás pensé que mi primer mes como MIP lograría verlo con mis propios ojos. Subí a comentar el caso a piso siete (Infectología) y ese mismo día lo internaron. Logré ir a visitarlo un par de días después y quedé atónito; jamás había visto un pulmón con cavernas apicales (propias de la tuberculosis pulmonar) tan características en una radiografía de tórax como aquella vez.
Llegué a Obstetricia y recuerdo mis pensamientos después de atender mi primer parto: “esto es un verdadero milagro”; en asombro total. Sin embargo, me bastó una sola noche para recibir entre 10 a 15 chiquillos para darme cuenta de que realmente más que un milagro era una verdadera friega recibir a tantos niños llorones. Había un paramédico que venía de la escuela de medicina militar y con muchísima convicción dijo que tenía una formación muy estricta y estaba entrenado para no dormir. Esa misma madrugada me lo encontré rendido, roncando en las sillas afuera de tococirugía, destruido después de su primer turno.
En Geriatría teníamos una paciente en la sala Sor Manuela a la que le gustaba cantar La Guadalupana y no nos quedaba de otra más que cantar con ella. Teníamos otros pacientes con las piernas infestadas de gusanos (miasis) que había que limpiar con una solución plateada y otros pacientes con úlceras por decúbito que exponían el hueso del sacro. Muchos de estos pacientes exhibían estadios terminales de demencia, en donde su cuerpo encamado permanecía ahí, pero su mente hace mucho se había ido. El delirio constante de estos pacientes creaba ecos de voces que aún puedo escuchar, como ánimas en pena en un estado de confusión permanente. Como MIP había que llenar un montón de escalas, incluyendo una para evaluar la sobrecarga y colapso del encargado del paciente; ahí aprendí la importancia del binomio paciente-cuidador. Otra de nuestras responsabilidades como MIP´s era tomar una foto del enfermo (bajo autorización previa del familiar y/o sus familiares) para su expediente, y al día siguiente presentar todos los ingresos con fotografía, para que todos conociéramos al enfermo y no fuera un número más.
Durante la rotación de Trasplantes recuerdo a un joven post trasplantado de riñón que no podía dormir, pero le poníamos 1 o 2 ml intramuscular de una solución tranquilizante muy fuerte (que en realidad no era nada más que solución salina) y caía rendido como recién nacido. Ese mismo paciente duró meses internado, así que decidimos entre un compañero y yo cortarle el cabello para intentar mejorar su estancia. Su madre y él nos los agradecieron profundamente.
Sacar muestras de sangre a los pequeños resultaba una tarea monumental en el servicio de Urgencias Pediatría en donde practicábamos verdadero vampirismo con las pobres criaturas. De tanto hacerlo, al final del internado podíamos sacar sangre de cualquier vena o arteria, casi con los ojos cerrados y aun sin ver o sentir pulso, lo hacíamos por anatomía. Aún recuerdo a la pequeña Goretti internada en la terapia de urgencias en donde sospechaban los residentes que tenía una inflamación de las arterias (vasculitis), probablemente arteritis de Takayasu. A ella me tocó atenderla como urgenciólogo pediatra y posteriormente como reumatólogo. En servicios tan ocupados como el de Obstetricia y el de Urgencias Pediatría, realmente no había tiempo y ni siquiera había cuartos destinados para dormir. Cuando había la oportunidad tomábamos un colchón y nos acostábamos todos en el suelo, médicos adscritos, MIP´s y enfermeras. Muy democratizante el asunto.
En Ortopedia utilizamos una cinta metálica con dientes de sierra (de Gigli) para cortar y amputar los pies diabéticos. No era suficiente realizar esa barbaridad en quirófano, sino que después había que llevar la pierna amputada al servicio de Patología en la madrugada. El lector difícilmente podrá imaginar el sentimiento tan sui generis de ir caminando por un pasillo oscuro y frío del hospital a altas horas de la madrugada con una bolsa roja en cuyo contenido se encontraba una pierna que minutos antes había estado adherida a una persona.
El ambiente del hospital era parecido a un servicio militar, a pesar de estar de guardia 36 horas o más a las 7 am del día siguiente (la postguardia) había que estar pasando visita, no importando haber dormido 5 minutos o 3 horas la noche previa. Las noches que no dormía (que eran la mayoría), siempre amanecía al día siguiente con algo de palpitaciones y taquicardia (seguramente por disfunción autonómica). Al llegar a casa la rutina era siempre comer, bañarse y dormir (en ese orden). Por fortuna el insomnio durante la postguardia era un término inexistente. La jerarquía era muy marcada, la mayoría de las especialidades troncales (medicina interna, cirugía general, ginecología/obstetricia y pediatría) constan de cuatro años por lo que el residente de primer año es apodado R1, el residente de segundo año es R2 y así sucesivamente.
Gracias a esto había otro famoso dicho:
“El R1, no es ninguno. El R2 es casi un dios. El R3 ni lo ves. El R4 ni en retrato.” El pobre MIP ni siquiera entraba dentro de esta clasificación, siempre era el más bajo de la cadena alimenticia por lo que automáticamente quedaba excluido.
Había algunos servicios relativamente tranquilos, por ejemplo, el de neurología pediátrica donde había pacientes internados para su abordaje o tratamiento, recuerdo varios casos con sospecha de neurocisticercosis y enfermedades desmielinizantes. Durante las guardias había que cuidar a los pacientes de cardiología pediátrica también, la mayoría eran pequeños con cardiopatías congénitas. Para entender estos trastornos, la forma más fácil era dibujando las anomalías cardiacas y vasculares, sin duda mi favorita era la Tetralogía de Fallot. En estos servicios se podía descansar en las noches y muchos de mis compañeros siempre afirmaban “duermo mejor que en mi casa”. Yo, sin embargo, nunca pude dormir bien durante las guardias. Mi mente siempre a mil por hora, alerta a lo que pudiera ofrecerse con cualquier paciente o leyendo hasta tarde el Current Diagnosis and Treatment de año en curso (decían era buena preparación para el Examen Nacional de Residencias Médicas). Yo trataba de descifrar como se hacía el control radiológico de los pacientes con neumonía una vez concluido el tratamiento, y aprendiendo datos tan interesantes como que la consolidación en una placa simple podía tardar semanas o hasta meses en quitarse. Tenía muchas dudas, no me quedaba claro cuando había que iniciar la insulina después de los hipoglucemiantes orales en pacientes con diabetes mellitus tipo 2 o cómo evaluar un paciente con dolor torácico en la sala de urgencias para que no se me fuera a escapar una disección aórtica.
¿Quién podría dormir con toda esta información en los libros y con los pacientes en mis manos para aprender de ellos? Los enfermos siempre serán nuestro mejor maestro, cómo decía William Osler, padre de la medicina interna:
“El que estudia medicina sin libros navega en un mar desconocido, pero el que estudia medicina sin pacientes no va a navegar en absoluto.”
En cardiología (al final de la Sala Juan Valdez) recuerdo al paciente con la válvula Starr-Edwards, de esas que sonaban a un metro del paciente, sin siquiera tener que auscultarlo, o la primera vez que vi un procedimiento de reemplazo valvular aórtico de (procedimiento de Bentall) en un paciente joven con Síndrome de Marfan y un aneurisma enorme. Nada me impresionó más aquel día como aquella cirugía a corazón abierto con el Dr. Jaime López Taylor.
Los cambios de peso corporal eran comunes durante el internado. En la primera mitad bajé bastante. Tan sólo durante la rotación de urgencias bajé cerca de 5 kilos, demasiado estresado y desorganizado para alimentarme. La segunda mitad del año ya tenía mis mañas para poder comer algo durante las guardias y por ende subí de peso. “Primero el diente y después el paciente” decíamos a manera de broma entre los internos. Un compañero bautizo la rotación de terapia intensiva afectuosamente como “Servicio de Tragapia Intensiva”; los intensivistas eran de buen diente y no pasaban hambre.
Al final del internado creo que salí tablas (por lo menos en cuestión de peso corporal), quizá con un par de kilos de más. El cambio sérico más notable en mi fue un aumento de triglicéridos y colesterol total en sangre, reflejo de la vitamina T que abundaba en nuestra dieta de internos y residentes (tacos, tamales, tortas, tostadas y tozole). Cuando partí a la Ciudad de México incorporé las tlayudas, los tlacoyos y las tortas de tamal a el régimen alimenticio diario.
A pesar de este intenso viaje, el servicio que más disfruté durante el internado fue el de medicina interna, en aquel entonces un servicio casi totalmente regido por residentes los cuales me parecían verdaderos genios. Aquí se abordaba al paciente por completo, no se dejada ningún problema desatendido. Lo interno, de la medicina interna (como dice el Dr. Alberto Lifshitz) posteriormente se convertiría en una pasión propia. Todos mis residentes que conocí como interno se convertirían en excelentes especialistas y subespecialistas después de la formación tan sólida que ahí recibieron y muchos de ellos se convertirían en mis R más durante la especialidad (Rocky, Job, Juanito, Jaime, Chosi, Archi, Peña, Gus, Vida, Sarita). De mis maestros (los doctores Israel Anaya, Lorena Valerdi, Sol Ramírez y Ernesto Landeros) aprendí invaluables lecciones de como formular un diagnóstico sindromático, cómo dar malas noticias a los pacientes (las más difíciles eran decirle a alguien que tenía cáncer) o tratar de entender, de buscar sentido a la idiosincrasia de la vida de los pacientes hospitalizados; aquel paciente estable que de repente sufría un paro cardiaco el día que estaba programado para irse de alta o el paciente crítico que en contra de todas las escalas pronósticas publicadas en El New England, sobrevivía.
Para resolver problemas en las noches, yo tenía un par de herramientas: el Pocket Medicine y el UpToDate. Se suponía que había médicos adscritos en la noche, pero eran seres casi mitológicos que esporádicamente aparecían. Había reportes de casos en dónde a veces acompañaban a los residentes a pasar visita a la sala de urgencias; sin embargo, estos avistamientos eran atípicos.
A pesar de que la cirugía y sobre todo la cirugía neurológica me llamaban la atención, nunca me sentí muy diestro para realizar procedimientos quirúrgicos complejos, me limitaba a quitar los apéndices en los perros que sacrificamos durante la clase de técnicas quirúrgicas y a poner catéteres venosos centrales en la yugular en los pacientes hospitalizados. Las episiotomías y cesáreas se las dejaba a los compañeros interesados en hacer manitas como pródromo a una carrera quirúrgica. Naturalmente me inclinaría por la especialidad de medicina interna y casi sin esfuerzo acabé en la subespecialidad más cerebral de todas: la neurología clínica.
Los viernes en sesión de Medicina Interna se presentaban casos de neurología, los más complejos, pero a la vez los más interesantes para mí. Mi maestro, el Dr. José Luis x Sandoval, siempre hacía los diagnósticos más extraños, casi sin esfuerzo. Una vez llevó a la oficina del servicio un paciente joven en silla de ruedas y nos dijo:
–búsquenle Síndrome de MELAS-.
-¿Me…qué, maestro?-, pensé.
¡Jamás había escuchado de ese síndrome en mi vida! (Aún que una característica casi patognomónica del internista es aprenderse epónimos y enfermedades raras). MELAS es un acrónimo de una enfermedad (Mitochondrial Encephalopathy with Lactic Acidosis and Stroke-like episodes) y por supuesto mi maestro tenía razón, en un par de semanas hicimos el diagnóstico correcto con su ayuda. La agudeza del Dr. Ruiz Sandoval para detectar estos trastornos utilizando una buena historia clínica, una exploración física detallada y los recursos limitados del hospital era algo simplemente extraordinario. La exploración física neurológica no deja de ser la más elegante, una verdadera coreografía en la que se obtienen más datos que con cualquier tomografía o resonancia magnética. Desde el abordaje de ese paciente empezamos a identificar estos casos de manera sistemática y después de cuatro o cinco el diagnóstico ya nunca se nos iba.
Al Dr. Ruiz Sandoval le debo muchas cosas, la primera el haber escogido neurología como subespecialidad y dedicar mi vida a su estudio. Infartos talámicos bilaterales por oclusión de la arteria de Percheron, polirradiculoneuropatía crónica inflamatoria desmielinizante y encefalomielitis diseminada aguda eran algunos de los diagnósticos que yo veía con un asombro total gracias a sus enseñanzas.
-A estos muchachos (los residentes) hay que darles tres diagnósticos, uno principal y dos diagnósticos diferenciales para que trabajen con ellos- decía, pero casi siempre acertaba con el primero.
De dos neurólogos, mis maestros, el Dr. Ruiz Sandoval y el Dr. Erwin Chiquete aprendí que se puede ser buen médico, investigador, maestro y no dejar de ser un excelente ser humano en el proceso. Casos así, lamentablemente, son muy pocos con los que me he topado.
Durante los primeros años de la residencia mi hora favorita del día era curiosamente la madrugada, cuando la mayoría de los pacientes, familiares y demás personal dormía y sólo se escuchaban los ventiladores mecánicos asistiendo la ventilación en pacientes intubados. El ritmo y los sonidos de estos aparatos se convertían en una especie de canción de cuna. Las luces del hospital se apagaban y sólo había algunas que dentro de los grandes pabellones parecían velas aluzando la gran obscuridad; un verdadero viaje en la penumbra. Se designaba a un residente de primer año como el centinela de la noche y a ese le tocaba rondar los pasillos y checar a los pacientes graves o atender cualquier otra eventualidad mientras el resto del equipo intentaba dormir un par de horas. El centinela tenía la responsabilidad más grande de la guardia, por lo menos en el primer año ya que también debía de reportar todas las eventualidades a las 7 am del día siguiente con el resto del equipo. Sin embargo, estar despierto a esas altas horas de la madrugada y caminando en los pabellones (Sala Pablo Gutiérrez, Sala Juan Valdez, Sala Fortunato Arce, Sala Salvador García Diego, Sala Sor Manuela, Sala Antonio Arias, Sala Julio Clemen), cobijado del gran mural de la historia de la medicina de Gabriel Flores me resultaba una experiencia totalmente surreal y curiosamente, pacífica. El mural describe detalladamente como inició la medicina, moldeada en un pensamiento mágico-religioso en el México prehispánico pasando por las grandes epidemias que azotaban frecuentemente a la ciudad de Guadalajara en el México contemporáneo. Había un sentimiento de paz que difícilmente se puede describir con palabras pero que alimentaba mi espíritu siempre. Me pregunto, ¿qué habría sentido Fray Antonio Alcalde si pudiera ver su hospital hoy? ¿Se sentiría satisfecho? ¿Insatisfecho? ¿Sería ese mismo sentimiento de insatisfacción lo que en un principio lo llevó a responder a la gran necesidad de edificar un nosocomio para la humanidad doliente, para los más necesitados? La respuesta nunca la sabremos con certeza, pero después de más de dos siglos, el Benemérito Hospital Civil de Guadalajara Fray Antonio Alcalde vive y perdura con su legado.
Al final del año de internado había una gran celebración acompañada de un mariachi en el propio hospital, como un hito de nuestra culminación que también marcaba nuestro regreso a la sociedad, después de un año de ausencia. Este periodo tan intenso de entrenamiento médico te excluía de las normas de la sociedad; podías salir de fiesta o ir al cine un lunes por la noche porque viernes, sábado y domingo ibas a estar guardado (de guardia) en el hospital. Las convenciones sociales quedaban tergiversadas totalmente. Recuerdo haber ido a un antro (club nocturno) con algunos amigos aquel año, y sentirme ridículo en gastar dinero en tragos y alcohol pensando: ¿Cuántos catéteres venosos para pacientes que requieren hemodiálisis podría comprar con lo que acabo de gastar esta noche? Sin duda, vivir en el hospital como médico por interno y después como residente fue un verdadero honor, una escena que agudizaría todos mis sentidos, mostrándome lo crudo del mundo real, ese que yace al otro lado de la Calzada Independencia.
Me permitió acercarme un poco a la frontera inalcanzable de la naturaleza humana y conocer la historia natural de la vida y de la enfermedad en todo su espectro; ver a los recién nacidos en su bienvenida al mundo, o a los pacientes de geriatría despedirse de él. Ese año incendió en mí una curiosidad en la condición humana con tal vehemencia e ímpetu que jamás se volvió a apagar; al contrario, se alimenta diariamente a través del contacto con esta humanidad doliente que describía el fray de la calavera.
Recuerdo algunas anécdotas de los últimos años del maestro Mario Paredes como jefe de servicio de medicina interna. Después de discutir un caso tremendamente complejo en sesión y analizar hasta en detalle las bases fisiopatológicas del aquel padecimiento citando los últimos artículos publicados en The New England Journal of Medicine, él nos regresaba a lo importante: “bueno y a todo esto ¿cómo está el paciente?”
Adentrarme en los confines de la condición humana no se limitó meramente al estudio de los pacientes; mis mejores amigos del internado ahora todos son especialistas muy exitosos en diferentes áreas (cirugía general, hematología, neurocirugía y dermatología). Gracias a su apoyo y camaradería sobreviví ese año, que sin duda se convertiría en uno de los mejores y peores años de toda mi vida.
Nunca he sido muy religioso pero el vivir en el hospital definitivamente me abrió una puerta ante un mundo espiritual que desconocía. Estar expuesto de una manera tan cruda al dolor ajeno de una infinidad de enfermos te hace cuestionar tu propia mortalidad. Encarar este fenómeno puede ser desconcertante y aterrador, obligándote a aferrarte a algo más grande que tu propio ser. Esta alteridad, esta disociación del yo al otro, te mantiene anclado; te da incandescencia en la obscuridad. Quizá por esta constante lucha buscamos poner barreras entre médico y paciente, siempre justificados en el nombre de la ciencia, por ejemplo, el uso de la bata blanca o el estetoscopio, cuando en realidad se trata de un mecanismo de defensa para no quedar tan expuestos. Al final del día al tratar un ser humano te das cuenta de que realmente estás tratándote a ti mismo…y que aquellas campanas efectivamente, redoblan por ti.
La medicina no deja de ser una vía de comunicación: un humano con alguna patología (pathos= sufrimiento) acude con otro humano que intenta mitigarlo. Énfasis en esto último, en intenta mitigarlo, ya que muchas veces la historia natural de la enfermedad progresa con, sin, o a pesar del médico. Mucho se ha dicho ya si la medicina es ciencia, arte, ninguna o todas las anteriores. La respuesta correcta, aún no la se.
Vivir en el hospital también me reforzó la idea de que para ser un médico holístico e intentar entender al enfermo y su enfermedad, tendría que empaparme de ramas afines a la medicina como la literatura, la filosofía, el arte y la música, no era suficiente sólo saber de la ciencia. El cardiólogo mexicano Ignacio Chávez decía: “Es un grave error considerar que el médico le basta tener buenas bases en las ciencias físicas y naturales y que la cultura humanística es para él una enseñanza de valor secundario, menos que un lujo”. Concuerdo con Chávez, es una necesidad.
La filosofía resulta particularmente útil ya que estudia las causas más universales del ser humano, no necesariamente para obtener respuestas definitivas que sabemos no existen sino por el ejercicio cognitivo que requiere formular dichas preguntas sin respuestas. Según José Gregorio Hernández médico, científico, músico y santo venezolano decía: “Ningún hombre puede vivir sin tener una filosofía. La filosofía es indispensable para el hombre, bien se trate de la vida sensitiva, de la vida moral, y en particular de la vida intelectual”.
Conclusión
Todas estas experiencias yacen en mi mente, seguramente en alguna circunvolución del giro dentado del hipocampo, claroscuros vistos a través de un caleidoscopio siempre cambiante. Hay muchas cruces en mi memoria, infinidad de pacientes que no pude diagnosticar a tiempo, que no pude resucitar por más veces que apretara su tórax con mis manos desnudas. Vi extinguirse muchas llamas en esa vorágine que era el hospital. Muchos de ellos se fueron de este mundo, pero permanecen en mi conciencia, resurgiendo en momentos particulares de mi vida. Soy dichoso en haber visto a la humanidad en algunos de sus mejores y también más vulnerables momentos de la vida; soy doblemente afortunado en poder seguir haciéndolo todos los días.
En palabras del escritor austríaco Stefan Zweig en su magnum opus, El mundo del ayer:
«…toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad».