Corea en México
Frecuentemente toca ir a revisar pacientes al adyacente Instituto de Cancerología, un edificio a un lado del hospital. Se puede llegar ahí sin tener que salir a la calle, a través de una serie de pasillos y pequeños túneles que conectan ambas instituciones. Así te ahorras el tener que registrarte como médico externo y que el policía te haga una cara de hastío al cuestionarte porque estás ahí.
Me mandaron llamar para que revisara a un paciente postquirúrgico. El paciente había sido operado de una tumoración en el tracto digestivo y durante el procedimiento había sufrido un paro cardiorrespiratorio por lo que el diagnóstico más probable era una encefalopatía hipóxico-isquémica, una forma catastrófica de falta de oxígeno global a nivel cerebral.
Subí al segundo piso, entré a uno de los cuartos y vi tres camas, dos vacías y una ocupada cerca de la ventana. El ver camas vacías en un hospital público es un fenómeno sumamente raro. Me acerqué silenciosamente, listo para enfrentarme a una situación de suma complejidad, no tanto por lo médico sino por las implicaciones sociales que el caso ameritaba.
“Buenos días”. Me presenté. Vi a un paciente intubado y a una señora con cara de desvelo al pie de cama. Muy seguramente su esposa.
“Perdón, ¿su paciente es…?”. El nombre en la hoja de interconsulta era asiático y me sorprendí un poco al leerlo en el expediente. Me agarró en curva. No solemos tener pacientes foráneos en un hospital público en el occidente del país.
“Soy el Dr. AJR. Vengo de neurología a revisar al señor K.”.
La señora notó la sorpresa que hice al mencionar su nombre por lo que sin decirle nada me comentó:
“Buenos días, doctor. Mi esposo nació en Corea. Pero ya tiene más de 25 años aquí en Guadalajara”. Me dijo en un tono muy amable.
Me sorprendió su buena disposición ante una situación que parecía gravísima. Seguramente la señora estaba en negación o quizá en aceptación total, como parte de los estadios de Kübler-Ross (1).
Le hice algunas preguntas acerca de su esposo para conocerlo mejor, sobre sus antecedentes médicos, comórbidos, su motivo de consulta y como había evolucionado su padecimiento actual; todo enfocado estrictamente en su historia clínica.
Comencé a revisar al paciente y de repente me di cuenta de que me encontraba solo. Normalmente transito con estudiantes (internos, pasantes, residentes) de diferentes especialidades que vienen por uno o dos meses a aprender algo de neurología dentro de su formación en pregrado y posgrado. Disfruto enormemente convivir con ellos, suelen ser muy ocurrentes y están ávidos de aprender. Uno de mis maestros dice que venimos al hospital por dos cosas “por los pacientes y por la ingenuidad de los estudiantes”.
Pero aquel día efectivamente me encontraba solo. Existe algo sorprendentemente liberador en ir a ver una interconsulta de esta manera porque entonces yo tengo que platicar con el paciente y sus familiares, revisarlo minuciosamente, leer su expediente clínico, analizar sus estudios de laboratorio e imagen y después escribir una nota dentro del propio expediente. La nota se debe hacer a mano porque ahí no cuentan con expediente electrónico, entonces me da una rara oportunidad de usar mi pluma (2). Últimamente parece que todo es electrónico hoy en día. Es bueno porque ahora por fin hay notas médicas legibles, pero es malo porque no dejamos de ver una pantalla en todo el día.
Hay algo poderoso en hacer todo este proceso analítico en solitud. Y aquel día lo recordé.
Platiqué con la esposa y le expliqué que el pronóstico era sombrío, que al no llegar oxígeno al cerebro este había sufrido una pérdida irreparable de neuronas. Me hizo varias preguntas y al final decidí pedir un par de estudios para pronosticar mejor la evolución de su esposo, incluyendo una resonancia magnética y un electroencefalograma.
De repente, me quedé pensando. ¿Qué hacía un paciente tan lejos de Corea? ¿Cuál sería la historia de este hombre? El paciente se encontraba intubado por lo que no podía hablar, pero seguramente la esposa habría estado encantada en platicarme un poco más de su ser querido. ¿Cuántas historias habría en una vida de casi tres décadas de casados? ¿Cuál era su historia colorida de vida en vez de su fría y gris historia clínica? ¿Cuál era su historia como humano, hijo, esposo, padre, abuelo… no solamente como paciente?
Terminé de revisarlo, me despedí de ella y salí del cuarto. En el pasillo principal algo me hizo dudar y decidí dirigirme de regreso al cuarto. Pero vi mi reloj y me di cuenta de que ya era tarde, que había tardado mucho tiempo viendo este paciente en solitud. Normalmente con un grupo de médicos se dividirían las tareas para eficientizar el proceso. Tenía que regresar al hospital a ver el resto de las interconsultas de otros pacientes que esperaban nuestros servicios. (¡Y de pasada buscaba en donde demonios estaban todos los estudiantes! En medicina los internos que se “pierden” seguido son “internos mandrakes”, por el famoso escapista, el Mago Mandrake).
Resignado, salí de la habitación y proseguí mi camino. Me fui algo cabizbajo, pensativo; reflexionando si había hecho lo correcto. Si había desaprovechado un momento para conectar con un enfermo y su familiar. ¿No podía yo aliviar un poco su carga, aunque solo fueran algunos minutos?
Las presiones de trabajar en un hospital público son múltiples, sin embargo, hay una que creo que influye sobre todas las otras y es la falta de tiempo. Para poder ver a un paciente adecuadamente necesitamos tiempo. Existen algunos hospitales en el país en donde el volumen es tal que los médicos están forzados a ver consultas de 15 minutos casi casi con reloj en mano. Las autoridades puedan así reportar que la productividad aumenta y que se ven una gran cantidad de pacientes al día. La productividad numérica es el mayor indicador, aunque la calidad esté en duda.
El tiempo es un fenómeno interesante. Y quizá sea nuestro recurso más valioso, el tiempo para poder compartir y conectar con otro ser humano. Dicen que el secreto de la vida es que se acaba y que por eso vale la pena vivirla.
Aquella mañana no pude pensar que había perdido algo aún más valioso que el tiempo.
Y que jamás recuperaría.
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29.06.24
Notas al pie
- Elisabeth Kübler-Ross fue una psiquiatra que desarrolló el modelo de los cinco estadios del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Estas etapas describen las emociones comunes que las personas experimentan al enfrentar la pérdida o la muerte. Su trabajo revolucionó la comprensión y el cuidado de pacientes terminales, promoviendo un enfoque más compasivo y humano hacia el proceso de morir.
- Srivastava Ranjana. When the EMR Stole My Pen. N Engl J Med. 2020 Aug 19;383(8):708–9.