Cuidar el cuerpo, sanar el espíritu

Sucedió hace unos días. Era lunes en la consulta externa del hospital; un edificio de cuatro pisos dedicado al paciente ambulatorio de los diferentes servicios médicos y quirúrgicos. Como todos los lunes, llegué cansado al trabajo después de haber tenido un fin de semana lleno de actividades sociales y alterando la rutina semanal. Mi esposa lo llama “Sunday blues”, para expresar ese fenómeno que ocurre los domingos por la tarde que causa tristeza y ansiedad ante la cuesta del inicio de semana, estado de ánimo que rápidamente se disipa al comenzar las actividades laborales.

Una de las pacientes que acudió a consulta era de primera vez, una mujer joven, con antecedente de diabetes mellitus tipo 1 que había tenido un descontrol metabólico por una infección severa de vías urinarias en otro hospital y había sido regulada al nuestro (centro de tercer nivel) por un paro cardiorespiratorio prolongado y secuelas de encefalopatía hipóxico-isquémica.

El cerebro es sumamente lábil a los cambios de presión de oxígeno y tiene pocos mecanismos para contrarrestarlos. Casi siempre que hay falta de oxígeno, aunque sea por algunos minutos, el daño suele ser irreparable con secuelas catastróficas. 

La paciente venía en camilla en un estado mínimo de conciencia, donde pocas funciones vitales se mantienen. Salí al pasillo a revisarla (la camilla no cabía en el consultorio) algo que suelo hacer con este tipo de pacientes. La revisé junto con los residentes, y también revisé con ellos las imágenes radiológicas en donde vimos un daño tremendo a los núcleos de la base y necrosis cortical que afectaba toda su sustancia gris de manera generalizada. La paciente se encontraba con traqueostomía y gastrostomía, es decir, orificios artificiales en su tráquea y en su pared abdominal, que le permitían respirar y alimentarse de manera artificial.

Después me enteré, que la madre de la paciente era enfermera, o por lo menos eso creí cuando al final de la consulta me preguntó si su hija recuperaría funcionalidad e independencia. Me sorprendió un poco la pregunta, ya que la paciente llevaba varios meses y había cambios mínimos en su función cognitiva y neurológica. La señora tenía muchas preguntas, pero lamentablemente, como todos los días ya íbamos tarde y teníamos muchos pacientes atrasados que ver. Le dije que algunos de los medicamentos que estaba utilizando, no servían de nada, ya que los estudios científicos no avalaban su uso, y a pesar de qué había una mercadotecnia tremenda y se vendían como neuroprotectores la realidad es que no lo eran, no estaban recomendados en ninguna guía internacional y los resultados positivos habían sido en modelos celulares o murinos, pero ninguno en humanos. 

A pesar de qué la madre tenía un cubrebocas noté en sus ojos, una reacción que estoy seguro era de incredulidad. Ella me dijo que había notado mejoría con esos medicamentos. Le dije que tenía muchos pacientes como ella y que yo no había visto ninguna mejoría notable. Después de una breve discusión, me di cuenta de qué no iba a ganar esa batalla, por más ciencia y medicina basada en evidencia que lograra demostrarle. Ella estaba firme en su convicción, de qué mejoraría y esos medicamentos le estaban ayudando. Le repetí varias veces que su cerebro tenía demasiado daño, y aunque podría recuperar algunas funciones mínimas, jamás sería la persona que fue previo al evento. 

Al final, ya un poco exasperado, le dije que era importante que todas sus dudas las externara con el equipo médico, ya que se notaba que desconocía muchas cosas. Terminamos la consulta y pasamos a otro paciente. Salí brevemente al pasillo y de regreso al consultorio me la volví a encontrar. Me agradeció mucho y me dijo “doctor, que Dios lo bendiga. gracias por sus atenciones hacia mi hija, por su tiempo y explicaciones…pero con todo respeto le digo que el que decide si se hacen milagros o no es el de arriba”. Me lo dijo de una manera que lo sentí totalmente honesto y completamente ajeno a la desesperación que ella me estaba causando al cuestionar mi práctica médica científica basada en la evidencia.

Me sentí pésimo, porque a ella la sentí amable y llena de esperanza, mientras que yo había sido cínico e incrédulo. Yo había estudiado por más de quince años, había leído los libros, los cien artículos publicados, los cuatro títulos y las tres residencias médicas me avalaban. Pertenecía a un sistema nacional de investigadores. Sabía muy bien lo que estaba haciendo. 

Reflexionando más tarde ese mismo día me di cuenta lo mal que había manejado aquella visita y que realmente no lo sabía todo. La situación en aquel caso ameritaba no quitarle la ilusión a una madre que se aferraba con todas sus fuerzas…a algo…

¿Qué derecho tenía yo a arrebatarle la esperanza a una mujer que había visto sufrir a su hija en este proceso de enfermedad, que velaba por ella día y noche, al pie de su cama, buscando una recuperación milagrosa, mientras que yo me escudaba dentro de mis fríos artículos científicos y la experiencia (sin sabiduría al parecer) amontonada de algunos años?

Según los estadios de Kubler-Ross, existen diferentes maneras de procesar las situaciones traumáticas y no necesariamente van en orden y pueden coexistir, pero siempre están ahí. Entendí que aquella madre estaba en una situación de negación, y quizá yo estaba en una de ira por su cuestionamiento. Al final del día espero que ella logre un proceso de aceptación y sanación y espero que yo también tenga este mismo proceso, y  que esta situación nos ayude a sanar a los dos. Dicen que la medicina es un apostolado, pero (para bien o para mal) yo no soy ningún apóstol, soy sólo humano.  

La evidencia demuestra que la profesión médica rechaza la dimensión espiritual para el bienestar de la mayoría de sus pacientes y de las enfermedades. Colectivamente esta evidencia demanda que se revalúe como la medicina interactúa con la espiritualidad y la religión. 

“Que no se nos olvide lo importante” me dijo alguna vez un maestro en mis primeros años como médico adscrito en el hospital. Ahora me doy cuenta que quizá lo importante no es tener la razón, sino jamás perder la esperanza.

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