El barrio me respalda
Todos los días acudo al barrio “El Retiro”. Las calles huelen a una mezcla de orina y alcohol. El calor llega a ser insoportable, excepto en aquellas mañanas frescas después de una tormenta o en los últimos días de diciembre.
En la esquina de afuera del edificio siempre hay un hombre sentado en la piedra de la estructura principal. No importa a la hora que vaya, él está ahí. Si salgo a las ocho de la mañana de la oficina, ahí está. Si llego a las ocho de la noche, ahí está. Nunca se va.
¿Vive ahi? ¿Duerme en esa esquina? ¿Cómo eligió ese lugar para siempre estar, llueva o truene?
Ha de tener 40 años, pero vivir en la calle seguramente aumenta los años exponencialmente. Pesa unos 95 kilogramos, con panza de chelero y una melena de chinos dorados. Siempre lleva shorts de mezclilla largos o pantalones tumbados. Usa un jersey de los 49s de San Francisco. Vende radios usados, pilas, y otras pendejadas, pero nunca he visto que alguien le compre algo. La gente del barrio lo respetaba de alguna manera, quizá por cómo se veía.
Nunca me había acercado a él. Su altura y peso son imponentes. Sus brazos tatuados dicen más de su historia de lo que necesito saber. Algo tiene en su mirada que delata desconfianza. Una de mis más grandes habilidades es poder decir si alguien es buena o mala persona tan solo mirando su cara. Bueno, tal ve es más un trastorno que una habilidad.
Me acerqué a él y de pronto vi una debilidad. La sorpresa. Me llevaba fácil unos treinta kilos y me sacaba dos cabezas. Tal vez dos y media. Pero él no sabía lo que yo iba a hacer. No se lo esperaba de mí. ¿Por qué no? Pensé. Tomé fuerza y le clavé un putazo en la panza con todo mi cuerpo, girando mi cintura como navaja suiza. Sentí como el golpe entró en sus entrañas como si fuera un algodón de azúcar y temí que me chupara el puño. Pero sólo rebotó como un globo. Se movió hacia atrás sorprendido, sin perder el equilibrio. No sé cual de los dos estaba más sorprendido de lo que acababa de pasar. Aproveché, me agaché un poco y le puso otro putazo en la mandíbula.
El gordo no supo que le pegó. ¿Por qué un Godinez cualquiera, flaco, con traje y corbata, café de Starbucks, maletín de piel, que checa su llegada todas las mañana y de repente en las noches le mete un trancazo a un hombre gordo en situación de calle?
Hijo de la chingada, este me la paga seguro pensó el indigente.
Tampoco lo sabía. Me fui corriendo, gritando, aullando como un loco, pero jamás me había sentido tan vivo como aquel día.
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21.09.21