¿En dónde están las estrellas?

El espectáculo era tremendo. De un lado de la carretera estaba el desierto y del otro lado el océano. Había cactus por todo el costado del camino, el cielo no tenía una sola nube y estaba lleno de zopilotes. Los caminos eran maltrechos y hasta los árboles y los perros estaban empolvados por el viento.

¿Qué hacía Ruiz ahí? No lo sabía con exactitud, pero deseaba escapar del ruido de la ciudad y buscar un lugar alejado para escribir. El lugar que encontró era árido, repleto de arena con dunas color ocre. Un lugar seco y caliente.

Que enfermedad esa de escribir. No se me pudo ocurrir un chingado oficio más solitario, más difícil, carajo, pensó Ruiz.

Aunque realmente no lo consideraba un oficio, era más un estilo de vida. Y uno bastante decadente, pensaba él. Días y noches más largas sin ver otra persona, solo una botella de mezcal y una hoja en blanco. Siempre una hoja en blanco.

Rondaba la tercera década de la vida, pero en vez de ponerse a estudiar como sus padres habían querido, se dedicó a leer, a escribir y a boxear. O mejor aún, a leer libros de boxeo como ese famoso ensayo de Joyce Carol Oates. ¿Cómo había logrado una mujer que jamás había boxeado una aproximación tan certera de ese baile en el cuadrilátero? Tampoco lo sabía, pero el quería escribir algo así.

Escribir es mucho más sencillo que el boxeo. En el cuadrilátero te enfrentas a otro hombre, pero en el oficio de escribir te enfrentas a ti mismo, pensó Ruiz.

Estacionó el carro en las afueras del pueblo, en dónde había un pequeño local con un par de mesas para comer y beber algo. Un perro callejero empolvado era parte de la decoración, igual que incontables corcholatas en el suelo. Sonaba una canción de Calibre 43 en la radio que decía entrecortado:

¿En dónde están, en donde están nuestros desaparecidos? Ay, ay, ay…¿en dónde están?

—Dame una Tecate, carnal— dijo a un joven gordo y sudoroso que estaba sentado en un equipal hojeando una novelita gráfica de vaqueros.

Inmediatamente de la parte de atrás salió una muchacha muy hermosa, delgada y morena con ojo café claro y un delantal. Su cabello negro era largo, casi hasta la cintura. Tomó la orden que consistió en cerveza y tostadas de pulpo.

—Buenas tardes, señor. No recibimos muchos turistas. ¿Qué lo trae a Las Estrellas?—preguntó educadamente mientras le servía la cerveza en un tarro helado.

Ruiz se quedó pensando antes de responder.

—Honestamente no lo sé, espero poder escribir.—, dijo finalmente.

—¿Escribir? ¿Escribir qué?

—Pues lo que sea, soy escritor de relatos cortos, novelas y de repente me da por escribir algún guión de película. Aunque no he publicado nada aún ni he participado en ninguna película. Aún.

—¿Y de qué escribe?

—Ese es el problema. Ya no escribo, estoy bloqueado. No se me ocurre nada. Tengo meses sin escribir. Y eso es un gran problema si quieres escribir la gran novela mexicana.

—¿Cómo las novelas que pasan en el Canal Dos?

—No, claro que no. Esas no. Esas son puras tonterías que escribe gente que quiere controlar al pueblo. Son historias estúpidas y vacías. Me refiero a las grandes novelas mexicanas como La Región mas transparente o la Muerte de Artemio Cruz.—dijo Ruiz molesto.

—A mí me gustan las novelas de la tele. Son historias bonitas aue alegran el día.

Ruiz se tocó la cien, como si ese comentario le hubiera dado un fuerte dolor de cabeza.

La ignorancia es realmente una bendición, pensó.

—El mundo no es como lo pintan en esas las novelas. ¿Sabías? Es un mundo más obscuro, mas violento de lo que tú crees. Pero bueno , ¿tú vas a la escuela o que mas haces aparte de meserear en este horrible lugar y ver la novela en turno en el mentado Canal Dos?

—Antes iba a la escuela. Quería ser maestra. Pero eso era antes de que muriera mi hermana y antes de que se llevaran a mi hermano. Por eso me metí a trabajar.

—¿Qué les pasó?—dijo Ruiz sorprendido.

—A mi hermana la asesinó un hombre, hijo del capataz del presidente municipal. A mi hermano se lo llevaron hace un par de años, los narcos de la amapola. Creemos que para trabajar en los plantíos. No hemos sabido de él desde entonces, como si se lo hubiera tragado el desierto. —dijo con una voz pausada. Una voz resignada, como si estuviera narrando cualquier otro suceso mas. Ni siquiera le temblaba la voz. Como si estuviera hablando del clima o del desayuno de aquella mañana.

Ruiz la miró perplejo, no había esperado esa respuesta.

—Este pueblo está lleno de sueños rotos y familias fragmentadas. No hay príncipes azules como en las novelas. —añadió la muchacha.

Ruiz la miró por un buen rato sin saber que decir. Avergonzado pagó la cuenta y dejó el doble de propina. Se marchó de ahí cabizbajo, ensimismado en sus pensamientos.

Esa misma noche Ruiz llegó al hostal y se sirvió un mezcal reposado con rodajas de naranja y chile en polvo. Se asomó por la ventana de su cuarto y vio una luz verde y obscura a lo lejos. Una luz horrenda, que le causó escalofríos y algo de miedo. Esa luz fue bajando poco a poco su intensidad hasta desaparecer en el horizonte en el fondo del desierto.

Sacó su libreta, se sentó en el viejo escritorio y comenzó a escribir sin dejar de pensar en aquella luz.

No paró hasta la madrugada:

¿En dónde están, en donde están nuestros desaparecidos? Ay, ay, ay…¿en dónde están?

12.02.22