Ficción 3. Ella
Llegué al Café Marruecos temprano, como siempre lo hacía. Ordené un café negro y un croissant. Llevaba conmigo una pequeña libreta así como mi pluma fuente marca Touissant.
Y ahí estaba ella. Ojos negros de azabache, piel morena y cabello café castaño. La forma en la que caía aquel cabello hasta la cintura me despertaba unas ganas bestiales de poseerla. De hacerla mía. Llevaba una falda negra que dejaba entrever la forma de sus caderas por lo delgado de la tela…ese vaivén de las caderas…esas piernas elongadas. Perfectas. Una vieja blusa blanca apretaba unos pechos pequeños, redondos y muy apetecibles… el movimiento pendular de aquellos pechos…espectacular. Analizaba las mil y una efélides de su escote, esas pecas marrones que estrellaban aquella V. Casi no usaba maquillaje; jamás lo hacía. Era simplemente juventud eterna. Bella. Perfecta.
Ella y yo teníamos una cita esa noche…esa noche iba a ser mía, mía para atesorar, para observar y contemplar. Mía para adorar e idealizar…una y otra vez…una y otra vez…una y otra vez…por siempre. Le propondría matrimonio un par de meses después, como mera formalidad pues ambos sabíamos que debíamos estar juntos. Juntos para siempre. Amaneceríamos juntos todos los días. Yo le prepararía el café mientras ella se cepillaría ese hermoso cabello castaño. Desayunaríamos juntos y le daría fresas en su boca mientras acariciaría ese abdomen con mis dedos…ese abdomen que me volvía loco siempre…y lo besaría también, siempre. Como lamer mantequilla y azúcar quemada. Delicioso.
Me iría al trabajo pensando todo el día en ella, componiendo versos para ella, pintándola una y otra vez en mi mente…una y otra vez. Siempre mía. Llegaría a casa, ansioso por estar con ella…siempre con ella. Ella y yo, solamente ella y yo para siempre. Por las noches la desvestiría, lentamente. Siempre. Y la volvería a vestir, a peinar, a maquillar. Siempre con una infinita delicadeza…siempre…
Terminé mi café, recogí mis notas y mis bosquejos y me levanté de la silla. Mi corazón palpitaba, mis pensamientos me atormentaban. Y de pronto me acerqué a ella. Tembloroso, sudoroso, excitado y agitado a la misma vez. Ella era mía, y de nadie más. Ella.
—Que le vaya bien, señor, dijo cortésmente.
—Muchas gracias señorita. Nos vemos mañana a la misma hora, respondí con la misma formalidad.
—De acuerdo señor, gracias por venir. Buen día.
—Buen día.
Tomé mis cosas y salí del café.
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31.12.21