Gonzo 2. El Retiro

Terminaba la consulta, estaba cansado y ensimismado en mis pensamientos. No me había movido de la silla del consultorio en un par de horas. Me dolía un poco la cabeza y me sentía deshidratado, seguramente de tanto hablar con los pacientes, sus familiares, estudiantes y residentes.

Y apenas llevo seis meses, me dije a mi mismo.

Cuando entré, el jefe de recursosu humanos me había dicho con una sonrisa ficticia, casi sardónica:

—Bienvenido doctor. Si bien le va aquí nos vamos a ver por los próximos treinta años.

¿Era una felicitación o una sentencia?, pensé un poco estresado.

Llevaba quince años estudiando en el sistema de educación pública y supongo que era hora de retribuir algo.

De pronto se asomó Carmelita al consultorio, nuestra enfermera del piso, y me dijo:

—Hola doctor ¿qué tal?

—Carmelita, ¿cuánto lleva usted aquí en el hospital? pregunté sin responder el saludo.

— 29 años doctor, dijo orgullosamente.

— ¿Y cuándo se jubila?

— Si Dios quiere en un año doctor.

— Qué bien, felicidades, a mi me quedan 29, dije con un toque de ironía.

— ¿Está emocionada? ¿Qué va a hacer en el retiro?

— La verdad no lo se doctor, honestamente me da miedo.

—¿Y eso? No era la respuesta que esperaba.

— Llevo toda la vida aquí. El hospital es como mi casa. Mi familia, mis amigos, mis compañeros… Todos están aquí. No sé qué voy a hacer cuando ya no tenga que venir todos los días…tengo miedo, dijo con voz entrecortada.

Hace mucho aprendí a cortar el cabello. A lo mejor pongo una estética, pero la verdad es que si me da miedo irme. Pero ya veremos doctor. Uno pone y Dios dispone, dijo recobrando la la compostura.

Lo irónico de la vida. Yo no sabía si quedarme otros 29 años y ella después de 29 años no sabía si irse. Supongo que hay gente que se convierte en el lugar, se vuelve parte de el y se aferra como un cangrejo en las rocas oleadas por el mar. El ser humano necesita aferrarse a algo, aunque sea a un lugar.

Al escuchar a Carmelita no pude evitar sentir un poco de envidia por lo enraizado de su identidad hacia el nosocomio. Lo que para mí ahorita eran cuatro paredes sofocantes para ella era su vida entera.

La historia de Carmelita no es nueva; es la historia del desasosiego inevitable de la vida. Cómo a las estaciones, la vida es cíclica y todo lo que empieza se tiene que terminar. El final se acerca y la luz que alguna vez deslumbró cada mañana acaba por extinguirse en lo más obscuro de la noche.

Quizá ese es el secreto de la vida: que se termina y por eso vale la pena vivirla.

30.12.21