Los braceros

Allá en la ciénaga, a una hora de la gran ciudad yace el pueblo de Chapala. A sus alrededores, en las faldas de la laguna, hay una serie de pueblos, ranchos y rancherías. Uno de ellos es San Pedro Tesistán, municipio de Jocotepec. Colinda con el gran lago. Tiene una iglesia muy sencilla, un par de hoteles (Casa Gavia y la Quinta San Carlos) y un rancho, el Rancho Tin Tin. Aquella tierra es fértil, gracias a la proximidad del lago, aunque cuando baja el sol es difícil andar por la cantidad de mosquitos que acechan.

Terminamos la consulta y ambos estábamos esperando los exámenes de sangre y radiográficos que le habían hecho a la muchachita. Evelyn tenía 16 años, estudiaba en la prepa y quería estudiar gastronomía.

¿A qué se dedica usted?— le pregunté al hombre.

Salvador venía de San Pedro Tesistán, en búsqueda de atención médica para su hija Evelyn. Sus rasgos eran aindiados, tez morena, muy delgado pero fuerte. Pero no fuerza del gimnasio; no esa no. Esa fortaleza se obtenía en el campo, gracias a una vida de trabajo físico. De trabajo con las manos y la espalda. Era un hombre serio, un hombre que había sufrido mucho y eso había endurecido su piel. Vestía unos jeans viejos, botas y una playera desgastada con unos estampados ilegibles.

A la agricultura. Tengo un pequeño plantío de berries. Las mandamos pal´otro lado.—me dijo lentamente.

El hombre hablaba con un discurso pausado, extremadamente lento; desesperadamente lento. Y eso para mí era envidiable.

¿Tiene más hijos aparte de Evelyn?— dije yo.

Dos mas. Evelyn es la mas chica. Los dos muchachos ya son adultos.—

¿A qué se dedican ellos?

Ahorita no trabajan. No han podido conseguir nada aquí. La próxima semana parten pal´ norte

¿A dónde?

Watsonville, California. Lo que pasa es que yo hace muchos años me fui de mojado, y arreglé mis papeles. Mi hijo va a estar de estibador; estibando fresas y cultivos. Mi hija consiguió chamba en un McDonalds.—

La tierra de Steinbeck, pensé. Pero también de Oscar Zeta Acosta, el Gran Búfalo Chicano. No era difícil adivinar el lugar, los migrantes de Jalisco se iban casi siempre a California o a Chicago.

¿Usted estuvo allá?

—Estuve 7 años, ahí mismo donde va mi hijo en Watsonville, California. Me dedicaba a la pisca de la fresa. —

—¿Cómo era la vida allá? ¿Era mejor que aquí?

—No crea. La vida allá es muy pesada, trabajábamos dos semanas corridas, y después un domingo libre. Un solo domingo para descansar. Empezábamos antes de las 7, cuando salía el sol y terminábamos rayando la noche. Diez, doce, quince horas, a veces. Pero gracias a eso arreglé mis papeles, me ayudó un coyote de Michoacán que también estaba allá.—me dijo tranquilamente, con muchísimas pausas.

—Yo pienso que Evelyn va a estar bien, en este momento no necesita medicamentos. Fue una sola convulsión, y hay que acabar de estudiarla, pero ahorita todos sus estudios de sangre y radiografías salieron bien. También hablé con los directivos, y conseguí que no echaran la mano para que no paguen nada por la consulta ni los estudios—. (Entre la tomografía, el EKG y los estudios de sangre el costo ascendía a los 15 mil pesos).

—¿De verdad?— Me miró con unos ojos perplejo, y comenzó a llorar. Un llanto que remueve a cualquiera. Aquel hombre, serio, fuerte se había desplomado en unos segundos, berreando como un niño. Me sorprendió, no supe que hacer, si mantenerme estoico o llorar con él. Finalmente creo que no hice nada. Muy apenado para reaccionar.

—Muchas gracias, doctor. Muchas gracias, yo se que usted abogó por nosotros.—

Ese día me pagaron en berries, doce cajas de las mejores frambuesas que he visto. Rojas, robustas, sabrosas. Ya empaquetadas para su venta en Miami, Florida.

—Los niños no lloran— le dije a mi maestro de literatura veinte años atrás, en la escuela preparatoria, creo que en afán de burla.

Pero el Dr.Hogan me contestó con un elegante puñetazo al hígado:

—No, los niños no lloran, pero los hombres a veces si.—

*El término braceros en español mexicano alude a los hombres y mujeres que trabajan con sus brazos en el campo. Así se conoció el Programa de Trabajadores del Campo de México en Estados Unidos, cuando más de 4,5 millones de mexicanos emigraron al país del norte para trabajar en agricultura, entre 1942 y 1964. Las remesas que envían los braceros de EUA a sus familias en México constituyen hoy en día el segundo ingreso a nivel nacional después del petróleo.

30.01.2022