Cien años en el hospital

Aquella tarde estábamos tranquilos. Esa semana entre Navidad y año nuevo en el que el orden natural del caos hospitalario (y de la vida) baja un poco para volver a agarrar un vector caótico en la temida cuesta de enero. La gente enferma igual en diciembre, pero acude hasta enero a atenderse. La idiosincrasia del mexicano, supongo.

M. comenzaba con síntomas de gripa en el sofá mientras yo me recuperaba de la mía. Comencé a leer un libro de los relatos médicos del célebre poeta y médico, William Carlos Williams. Desde que llegué de Nueva York le traía ganas, pero no había encontrado el tiempo para buscar su obra. Hasta hoy.

El libro abre con las palabras de otro médico, quizá su alumno o solo algún fiel lector, sobre como la medicina es sobre todo sobre una conexión humana y una especie de contrato basado en oferta y demanda. Que los médicos en la literatura siempre son santos o idiotas, sin matices, personajes muy polarizados. Pero que William Carlos Williams había encontrado la manera de describirlos con todos sus claroscuros, ni blancos ni negros, sino pintados con una gran paleta de grises.

Cerré el libro antes de comenzar el primer relato.

-Me voy a poner a escribir- le dije a M.

-Ok-, me dijo suavemente y un poco mormada por la gripa. Sabe que cuando quiero escribir me vuelvo un poco mas callado, un poco mas taciturno. Sabe que para mi escribir es difícil.

Así que puse un poco de música clásica y me subí al ring.

NN era un joven de quizá unos 18 años que había ingresado al hospital cuando yo era interno de pregrado; ese caótico año que yo describo como “el mejor y peor año de mi vida”. Toca rotar en distintos servicios clínicos y quirúrgicos y es donde uno va formando su criterio médico, realiza guardias inhumanas y hace amigos que duran toda la vida. También hay casos que uno nunca olvida.

NN aparentemente* había ingresado por un cuadro de dolor abdominal que se diagnosticó como apendicitis aguda y requirió manejo quirúrgico urgente en quirófano. Una vez dentro cayó en paro cardiaco por algún tipo de negligencia, error o iatrogenia. Yo honestamente no creo haya sido ninguna de las anteriores, simplemente una perfecta combinación de un evento catastrófico y una precipitada mala suerte.

Su cerebro sufrió una falta de oxígeno irreparable que culminó en algo que en neurología se conoce como encefalopatía hipóxico-isquémica. La corteza y otras áreas sufren una pérdida millonaria de neuronas y frecuentemente el paciente queda postrado en cama, incapaz de comunicarse con el mundo exterior en algo conocido como estado mínimo de consciencia o estado vegetativo persistente, totalmente dependiente de otras personas. Supongo que de ahí viene la expresión coloquial de “quedó como vegetal” que a veces usan las personas.

Por supuesto se convirtió en un caso médico legal con promesa de una demanda millonaria. El paciente evolucionó desfavorablemente y nunca recuperó su estado basal. Pero tampoco falleció. Pasaron algunos meses y no había una indicación para que el paciente siguiera internado en el hospital. Podía seguir su convalecencia en casa, como la mayoría de los enfermos crónicos, sobrevivientes de una de estas catástrofes intracraneales.

-Yo saco a mi hijo del hospital cuando me lo entreguen como entró.- dijo la madre.

Seguramente para evitar un “periodicazo” o una batalla legal que durara años las autoridades decidieron “encubrir” el caso dándole todo lo que la madre pedía: mas horas de visita, un reposet, una televisión, acceso ilimitado a los servicios tan parcos que el hospital ofrece. Hasta hoy es la única persona del hospital que he visto con una televisión propia en un hospital lleno de carencias. Em fin, una casa fuera de casa con todos los servicios incluidos.

Yo fui interno y residente de aquel hospital por un periodo inicial de cinco años. En ese tiempo alguna vez revisé a la hermana del paciente por problemas tiroideos y frecuentemente la madre nos llevaba comida a las guardias. Ella se convirtió en voluntario del hospital, repartía comida y avisaba cuando servían la cena al resto de familiares. En Navidad se encargaba de repartir regalos a los enfermos. A veces iba unos días a su propia casa, pero pasaron los días, meses y años y ya nunca se fue. El paciente adquirió una posición espástica sostenida, algo común en enfermos con este tipo de lesión. Un día la madre preguntó a un enfermero si podría masturbar a su hijo, para ver si de alguna manera podía “relajarlo”.

La madre se separó de su esposo, se alejó de sus otros hijos. Se dedicó en cuerpo y alma al cuidado de su enfermo, como un vivo retrato de El Doctor de Luke Fildes, pero sin ese reconocimiento mundial. Sin esa luz que lleva a la fama, mas como una velita encendida, luchando a garras para no apagarse en unos de los hospitales mas antiguos de México. Uno de los mas horrorosos y bellos del mundo; uno de los mas humanos.

Pasó tanto tiempo que ya ni le hacíamos notas de evolución ni le pasábamos visita tampoco pero cuando NN tenía fiebre o estaba obstruido, los residentes nos volvíamos locos, nadie quería que falleciera en su guardia ni tener que lidiar con la madre conflictiva o hacer ese certificado de defunción. “Inestable”, “conflictiva” “especial” y hasta “loca” eran algunos de los adjetivos con los que nos referíamos a sus espaldas.

La madre vivía día y noche en el hospital y ha estado ahí por la mayoría de los doce años que ha durado su padecimiento. Lo cuidó durante todo su padecimiento y lo sigue haciendo en estas fechas navideñas. A través de neumonías, infecciones de vías urinarias, infecciones de tejidos blandos. NN se contagió de COVID, pero el bicho le hizo lo que el viento a Juárez. Nada; su organismo acostumbrado a los microbios más resistentes del hospital.

A pesar de que la he visto, por lo menos unos siete u ocho años de mi vida profesional, jamás me he acercado a ella como algo mas que un médico. Nunca he tenido las agallas para preguntarle:

-¿Cómo está?

-¿Cómo se siente?

-¿Cuál es su versión de la historia?

-¿Realmente conoce el pronóstico de la enfermedad de su hijo? ¿Sabe que nunca va regresar a ser el mismo? ¿Nunca?

-¿No tiene ganas de llorar, de gritar, de explotar, de huir, de matar?

Pasé de ser interno, pasante, residente de especialidad, salí a hacer la subespecialidad y alta especialidad para regresar como médico adscrito, casi doce años después. Y ella sigue aquí. Al pie del cañón.

NN ha estado aquí (según mis cuentas) por casi catorce años. En la misma sala. Ha visto pasar por cientos de generaciones de estudiantes, médicos residentes, de enfermeros y enfermeras, de todo el personal que labora en un hospital de mas de mil camas. Y aquí sigue.

El Dr.Jesus Ramírez Bermudez, afamado Neuropsiquiatra describe en uno de sus libros a un personaje con delirios tan increíbles que cree que ha estado más de cien años hospitalizado en un nosocomio de a Ciudad de México**

¿Podría NN llegar a cumplir ese delirio?

No puedo dejar de pensar si realmente en esa cama hay un enfermo o son dos. Si el oxígeno es vital para que funcione nuestro cerebro quizá de la misma forma que un hijo es necesario para una madre. Quizá la falta de uno no es compatible con la falta del otro.

Sí, regularmente estoy ocupado, ¿pero realmente en tantos años nunca tuve un par de minutos para acercarme a ella por miedo a que me fuera a importunar mi mañana? ¿No ha sufrido ella mil veces mas que yo?

Yo me quejaba en mis años de entrenamiento por de privación de sueño, hambre y el agotamiento emocional. Su hijo se quejaba de privación de oxígeno cerebral. Yo me aferraba a sobrevivir aquellos años de entrenamiento para convertirme en médico mientras que ella se aferraba a la vida que se le escapaba de su hijo.

¿No podría ponerme en su camino alguna vez, a propósito, deliberadamente, aunque fuera para servir de costal de box y que ventilara un poco? ¿No era lo mínimo que podía hacer? ¿Cuántas navidades, días festivos, cumpleaños, aniversario de bodas, años nuevo, días de muerto, días de la madre había estado allí? ¿Cuantas noches habrá pasado en vela?

Me imaginé las conversaciones imaginarias entre al madre y su esposo, sus otros hijos, otros familiares y alguna amistad que aún tuviera:

-Amor, ¿puedes echarme la mano en la casa?

-Ma, ¿podemos hacer una fiesta para mi cumpleaños?

-Hermana, ¿quieres venir a cenar a la casa?

-Amiga, vamos a salir a la playa, ¿quieres venir?

-No puedo, tengo que cuidar a mi hijo.

¿Existe alguna respuesta a esa afirmación? No…

Quizá algún día me acerque a conversar con ella.

Quizá.

En esa tarde de paz que tuve el privilegio de estar en mi cálida casa, en la presencia del ser que mas amo en este mundo engripada en el sofá, de Benito y de Lucio (dos gatos con mucha personalidad), degustando una copa de un delicioso digestivo de licor irlandés, escuchando el violonchelo de Yo Yo Ma con mi corteza bien oxigenada, no pude dejar de preguntarme:

¿Soy un santo, o sólo un idiota?

*Todo lo que se de esta historia alude a mi propia memoria, no tengo manera de corroborar los datos aquí expuestos porque no había un expediente clínico y mucho de lo que se comentaba eran rumores de pasillo. A pesar de eso en mi mente reconstruí esta historia a través de diversos fragmentos alojados en alguna parte de mi hipocampo y circuitos afines.

**Caso clínico 84. “Cien años en el hospital* Imágenes en Neuropsiquiatría, APM 2022.

28.12.22

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